Un exhaustivo volumen recorre la historia de este deporte de caballeros en España. Su autora, bisnieta del hombre que lo trajo a nuestro país, ha trabajado ocho años en recopilar documentos, testimonios y más de 600 fotos.

En 1870, Pedro Nolasco González de Soto, hijo del fundador de las bodegas González Byass, regresaba a Jerez a sus 21 años, tras sus viajes de formación y primeros negocios por Europa, significadamente por Inglaterra. En el equipaje traía unos mazos para jugar a un deporte a caballo que, llegado de la India, había cautivado a las élites inglesas. Por entonces la presencia de británicos en Jerez era notable por el comercio de vinos. Los propios Byass, socios de su padre, eran ingleses. El joven Pedro no tardó en convencer a unos cuantos amigos para ensayar el juego que le había fascinado. Y así se disputó el primer partido de polo en España. Casi un siglo y medio después, Elma Caballero González-Gordon, bisnieta de aquel osado caballero, y, curiosamente, casada con el bisnieto de otro pionero, Norman James Cinnamond, jugador y autor del canónico libro en castellano El polo, de 1930, ha recopilado en un monumental volumen la historia patria de este deporte.

El libro, de 528 páginas y con más de 600 fotografías -pesa cuatro kilos y medio- resulta de ocho años de investigación y rastreo en hemerotecas y archivos familiares, y viaja por los focos históricos del polo nacional. «Aunque el primer lugar en que se jugó fue Jerez», explica la autora, «no se extendió de allí al resto de España. Fue llegando a cada lugar de una manera. En Campamento, en Gibraltar, empezó pronto por influencia inglesa; en Madrid algo después, Alfonso XII lo había conocido en Inglaterra y en 1876 se jugó por primera vez en la Real Casa de Campo; a Barcelona lo llevó en 1896 Enrique de Ibarrola, que lo descubrió, como Pedro Nolasco González, en Wadhurst Park, la residencia de campo de la familia Murrieta a 80 kilómetros de Londres…».

En el relato aparecen los nombres de los primeros gloriosos jugadores, de los hermanos Larios a Manuel de Escandón, marqués de Villavieja; Hernando Carlos Fitz-James Stuart, duque de Peñaranda; Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, marqués de Villabrágima, o el mismo Alfonso XIII, quien como polista a menudo constaba como duque de Toledo para no forzar el protocolo: solía jugar de back, último de las alineaciones, y no procedía mencionar al rey en último lugar en las crónicas. También se recogen éxitos como la medalla de plata del equipo español en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 y se repasa la trayectoria de sagas más recientes como los Domecq y los Mora-Figueroa. Abarca hasta la década de los 70. «Es a partir de entonces cuando la profesionalización llega al mundo del polo y se diluye parte del espíritu romántico», afirma Caballero. No obstante, lo sigue encontrando un deporte fascinante. Y muy vivo. En la actualidad, hay en España 708 jugadores y 29 clubes federados, con tres torneos destacados, el Memorial Alfonso XIII, del Club Puerta de Hierro de Madrid, el Torneo Ciudad de Barcelona y, muy especialmente, el Torneo Internacional de Sotogrande, cuarto en importancia del mundo.